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Experiencias migratorias y los fenómenos interculturales
Migratory experiences and intercultural phenomena
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Dice el ZOHAR que el alma que va a encarnar revolotea alrededor de la parturienta esperando que nazca la criatura y así poder introducirse en el cuerpito del recién nacido. Mi alma debe de haber revoloteado esa mañana en Paris esperando el 21 de diciembre de 1937 que después de un parto difícil yo asomara mi cabecita mientras mi madre chillaba y la partera vociferaba mas fuerte aún “Hace nueve meses no gritabas de esta manera”. Pero mi vida en Paris fue corta. El 14 de Julio de 1940 los nazis victoriosos marchaban por los Champs Elisées. Mi padre Rafael, oriundo de una pequeña ciudad llamada Zolkiew en la Galizia polaca –actualmente territorio ucraniano- logró escapar mediante un ardid y se vino a la Argentina y mi madre, nacida en Francia, hija de polacos de Varsovia quedó sola con una niña de dos años en plena ocupación nazi. Los judíos comenzaron a huir a la zona libre y una noche mi madre Hélène hizo las valijas y tomó un taxi y cuando llegó al puesto de frontera dijo que iba a visitar a una tía. Como los oficiales nazis no le creyeron introdujeron un guardia en el taxi para corroborar donde quedaba la casa de la supuesta tía. Así que mi madre se puso a llorar y yo movida nunca sabré por cual resorte llamé la atención del uniformado y comencé a hablarle y entonces él sacó su billetera del bolsillo y se la mostró a mi madre, había una foto de una niña parecida a mí y le dijo “Mein kint” y se bajó del taxi y le ordenó que siguiese su camino.

Tengo fotos de Marsella con mi madre en la playa. Parecía que vivíamos en un mundo aparte. Corría el año 1941. Habíamos conseguido vivir varias familias en una casa Boulevard Gazzino y ocupábamos una habitación con mi madre y otra señora amiga llamada Ida, la esposa de Bernardo Rausch el amigo de mi padre que también había huido a la Argentina. Curiosamente después de la guerra fueron los nazis quienes encontraron refugio en la Argentina.

Pero mi padre quería recuperar su familia y para poder entrar al país legalmente necesitábamos de un salvoconducto así que lo obtuvo de la siguiente manera. Es de notar que Rafael, de oficio peletero, trabajaba en ese entonces para una peletería muy famosa llamada KUMMER y justamente vendía tapados para las señoras paquetas de la sociedad argentina. Así que cuando mi padre se enteró que estaba confeccionando un tapado para la hermana del actual presidente –General Castillo- solicitó permiso para ir personalmente a probar la prenda a la señora. Y cuando estaba probándola en perfecto francés le contó que tenía a su hija y su señora en Europa y necesitaba un salvoconducto entonces la señora hermana de Castillo se comunicó con el Embajador Ruiz Guiñazú, el padre de Magdalena que ese entonces era el canciller argentino y vivía en el Palacio Anchorena y así fue que de manos del propio canciller mi padre obtuvo el famoso documento que fue enviado al cónsul argentino en España en Bilbao a donde tendríamos que llegar si la suerte nos acompañaba mi madre y yo para tomar un barco vapor Cabo de Hornos. No se cómo, pero llegamos a Bilbao.

Teníamos un camarote en primera clase y lo recuerdo perfectamente. Sobre un baúl mi madre había colocado una foto de Rafael y un vestidito color crema con bordado nido de abejas y unos zapatos nuevos para ser estrenados cuando llegáramos al puerto de Buenos Aires.

Durante el viaje se festejaba el cruce del Ecuador y a la gente se la embadurnaba con espuma blanca y se la tiraba a la piscina pero cuando vi a mi mamá toda llena de espuma me puse a gritar presa de una pánico atroz y tuvieron que lavarla y tranquilizarme.

Cuando llegamos al puerto vi a un señor con un ramo de flores que corría por el muelle y que después me tomaba en sus brazos y que además había conseguido una muñeca negra tal como yo le había pedido. Subimos a un taxi que tenía atrás asientos plegadizos y llegamos a la calle Uruguay y allí mi padre tenía también su taller. Rafael tenía una cicatriz que le atravesaba el mentón y yo estaba absolutamente fascinada con esa cicatriz hasta el punto que siempre me sentí atraída por los hombres con cicatrices y debo confesar que también siempre sentí atracción por los hombres uniformados y conociendo mi historia infantil rodeada por soldados no es difícil encontrar una explicación.

Mi madre recibía cartas de sus parientes y cada vez que leía una lloraba amargamente y yo la miraba llorar y creía que Hélène era como una nena que lloraba por cualquier cosa. Yo nunca pedía nada ni lloraba, aunque sentía terrores nocturnos ya que me habían dado una cama en un pasillo y debí acostumbrarme a dormir sola sin mi madre.

Cuando fue la liberación de Paris en agosto de 1944 yo estaba en primero inferior, mi mamá me mandó a la escuela con una bolsa inmensa de caramelos para convidar a toda la escuela y la directora después del izamiento de la bandera anunció que yo era una niña francesa y todos aplaudieron. Así era la Argentina en aquellos tiempos un país lleno de amor y conmiseración por los extranjeros que llegan refugiados de la guerra.

En 1959 cuando obtuve mi título de médica, para poder ejercer en el hospital de Lanús debí adoptar la nacionalidad argentina cosa que hice con mucho honor agradecida por todo lo que me brindó este país. Pero debido a otras situaciones durante la dictadura militar corrí a recuperar mi nacionalidad francesa cosa que no fue fácil pero después de largos trámites recobré mi nacionalidad e inscribí a mis hijos y nietos en el Consulado Francés. Pero debo aclarar algo que define totalmente mi sentir: cuando juegan al fútbol las selecciones de Francia y Argentina deseo fervientemente que gane la blanquiceleste.

LILIANE BAR
Febrero 2007

lilibar@house.com.ar

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