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Cuento de Horacio Clemente de su libro "Historias de perros y
otras personas" Libros del Quirquincho, 1988.
Buenos Aires se fundó cuando aquí no había nada, ni
siquiera indios. Y esta historia es verídica porque me la contó mi papá. El
asunto fue así: era puro campo y había un señor pobre como una laucha pero que
tenía la cabeza rica en ideas. Desesperado por ganar algún peso (los dólares no
se habían inventado todavía) se le ocurrió construir una playa de
estacionamiento.
—¿Una playa de estacionamiento en medio del campo? ¿Estás
loco? —dijo la mujer.
Pero el hombre la hizo callar de un latigazo (aunque sea
feo saberlo, en esa época había maridos que pegaban a las mujeres mucho más que
ahora).
—¿Estás loco, pa? —exclamaron los hijos.
Pero el hombre les tapó la boca a trompada limpia (en esa
época a los hijos se los educaba de esa manera).
—Ustedes no saben nada —dijo el hombre; y agregó—: es una
novedad.
Y se puso a construir la playa de estacionamiento.
La cosa era bastante absurda, aparentemente. Una playa de
estacionamiento, en medio de la pampa desierta, habiendo miles de kilómetros
libres donde estacionar a gusto y en cualquier lugar, sin inspectores, sin
tarjetas y sin lado derecho o izquierdo. Pero el hombre era tozudo y tenía una
gran fuerza de voluntad. Puso también un cartel muy grande, luminoso, que decía:
Novedad. Precios rebajados.
No pasaba nada. Pero un día un coche entró en la playa y
estacionó. Al rato estacionó otro. Después otro. Y otro. Y otro más.
—Es una novedad —decían los dueños de los coches—. Y además
tiene sus ventajas: no hay tierra, te cuidan que no se te metan víboras en el
auto, o zorros, o chimangos. Es una buena idea. Y no es caro, si lo pensás bien.
En medio de la pampa, de la nada más solitaria, la playa de
estacionamiento, día a día, fue llenándose de coches. Hasta que se hizo famosa y
se convirtió en la gran moda. Hubo gente que compró auto nada más que para
estacionar allí.
—Te veo en la playa de estacionamiento —se decían los
amigos cuando concertaban alguna cita.
—Te espero en la playa de estacionamiento —se decían los
novios.
—Mejor lo arreglamos en la playa —decían los hombres de
negocio.
Llegó un momento en que todo el mundo quería entrar en la
playa de estacionamiento, aunque no tuviera coche.
Hasta que uno dijo:
—Hice mi casa a cinco cuadras de la playa de
estacionamiento, así no tengo que viajar tanto para llegar hasta ella.
Otro dijo:
—Compré un terreno a tres cuadras de la playa de
estacionamiento y voy a construir mi chalet con pileta.
Otro dijo:
—Voy a vivir a media cuadra de la playa de estacionamiento.
Y así empezaron a construirse casas, cada vez más cerca de
la playa de estacionamiento.
Un cartel decía: Oportunidad única: vendo departamento a
solo diez cuadras de la playa de estacionamiento; el departamento se vendió en
seguida.
Después se hicieron casas a quince cuadras de la playa de
estacionamiento. Después a veinte. Después se construyeron edificios de diez
pisos, de treinta, de cuarenta. El asunto era estar cerca de la playa de
estacionamiento. Hasta que otro tuvo la idea de construir otra playa de
estacionamiento. Y todo el mundo fue a estacionar a esa nueva. Y se levantaron
casas y departamentos a su alrededor. Y otro construyó otra playa de
estacionamiento, más moderna. Y otro construyó otra. Y otro otra. Y otra. Y otra
más. Y por eso Buenos Aires está lleno de playas de estacionamiento, aun bajo
tierra. Y los que no pueden entrar estacionan en las calles o en los garajes,
esperando que se construyan nuevas playas de estacionamiento.
Así se expandió Buenos Aires. Así se llenó de casas y de
gente. Y también de automóviles.
Cuál fue la primera playa de estacionamiento, en dónde
estuvo ubicada, eso ni se sabe ni interesa; que de ello se ocupen los
estudiosos, que para eso les pagan tan buenos sueldos.
Mi papá, que también es rico en ideas, siempre me cuenta
esta historia de cómo nació Buenos Aires. Y a veces, principalmente a mitad de
mes, cuando se apoltrona en su sillón a tomar mate me dice: "Algún día me voy a
ir a la Patagonia para poner una playa de estacionamiento."
Y me sienta en sus rodillas y jugamos a que él es un
automóvil y que yo soy el que maneja, rumbo al sur.
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