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Publicado en la Revista La Nación del día 13 de diciembre de 2009
A cien años de su
nacimiento, a cien navidades, el Caminante Quieto se encuentra con su padre.
Autor de tantos reportajes, inexplicablemente siempre dejó para mañana las
preguntas primordiales a ese hombre que vino de España, en barco. Aquí, las
preguntas pendientes le estallan.
Amanecí, hoy, con ganas de pegarme la cabeza contra la pared. Lo confieso, y
sin ánimo de metáfora.
Resulta que hice cientos de reportajes, más de mil, más de dos mil:
escritores, políticos, boxeadores, automovilistas, asesinos seriales, condenados
a perpetua, cocineros, pintores, pronosticadores del tiempo, actores, ganadores
del Prode, testigos de ovnis, desde Borges hasta García Márquez, desde Locche
hasta Bonavena, desde la Giménez hasta Cacho Fontana, desde Yunpanqui hasta
Mercedes Sosa, desde Sandro hasta Favio, desde Sandrini hasta Niní, desde Hugo
del Carril hasta Goyeneche, desde Troilo hasta Piazzolla, desde Liza Minnelli
hasta Woody Allen, desde un albañil que cayó de un piso 23 hasta el hachero
Valentín Céspedes, desde Alicia Moreau de Justo hasta la hija del Che...
Hice
tantos reportajes, tratando de mirar por el ojo de la cerradura de sucesivas
almas, preguntando, repreguntando. Pero. Nunca me senté a hacerles las preguntas
a mis viejos. Cometí el eterno error de hijo: creí que mi papá y mi mamá, por el
hecho de ser eternos, no se iban a morir nunca.
¿Se murieron? ¿Se fueron? ¿Se acabaron, mis padres? Cada pregunta semilla
otra. Días hay en los que me vuelvo tan agnóstico que hasta desecho la certeza
que otorga el ser redondamente ateo. Pasa que uno no cree en nada ¿porque cree
en todo? Mientras trato de creer en algo, que para mí no tiene nombre, me agarro
hasta con mis uñas a la teoría del aire. Yo creo que el aire, nuestro aire,
tiene memoria. A ver si consigo explicarme: el aire que los tocó a ellos, a mis
padres, el aire que mojó y alumbró sus semblantes, es el mismo que me está
tocaaando a mí, ahora. Me está tocando los pómulos, las sienes, la saliva de la
mirada. Aire mediante, nos estamos tocaaaando mi mamá, mi papá y yo. ¿Consuelo o
certeza?
Esta vez quiero hablar de mi padre, porque durante todo este año él está
cumpliendo 100 años. Cien navidades.
Estoy seguro de que aquello de "es más bueno que el pan" se inventó de nuevo
con él. Uno acude a la frase para pintar a alguien que sí, que es más bueno que
el pan. Pero el famoso pan ¿es bueno siempre? Bueno es cuando cada día nos llega
sin la humillación de la esclavitud. Cuando es bien conseguido, con la alegría
primordial del sudor de las frentes.
Entendido así, cuento la historia de un padre tan bueno como el pan bueno.
Andrés
Braceli Pastor nació en Aspe, pueblito de Alicante, España; dice su fe de
nacimiento que a las cuatro de la mañana del 7 de abril de 1909. En 1924, con
todavía 14 años de su edad, subió al barco que lo traería a la Argentina. Para
siempre y sin retorno. Viajó Andresito solo de parientes, porque a último
momento, por problemas migratorios y escasez de dineros, su madre, la Paca, y
sus hermanos, no pudieron embarcar. ¿Cómo habrá sido aquella despedida? En el
puerto de Buenos Aires lo esperaba nadie. Vino con la mudanza, que incluía dos
camas, mesa de comedor, sillas, vajilla, cubiertos, los abrigos primordiales de
una casa. El viaje de semanas no fue placentero. Andresito apenas aguantaba el
aire denso y agrio de los camarotes de tercera; durante el día la tripulación le
permitía subir a la cubierta.
Llegó por fin. Atrás quedó la eternidad de ese mar tan enorme como un cosmos.
¿Fueron tres o cuatro los días en el Hotel de Inmigrantes? Después, un lento
tren lo llevó con la mudanza hasta Mendoza. Allí, hacía unos meses, estaba su
padre, que a lo bestia abría zanjas para las primeras cloacas de Luján de Cuyo
(no es excesivo el adjetivo bestia, ya lo veremos.) Apenas llegado, Andresito se
empinó para darle un beso al rostro de su padre. Descargaron las pertenencias y
las apilaron en un galpón hasta que hubiera casa. Después, a cenar y a dormir
sobre unas mantas en el piso. ¿Se habrá dormido enseguida o habrá conversado a
la distancia con la dulce madre que, apretada a sus hijos, lo saluda desde la
orilla mientras el barco se aleja? ¿Cómo hizo la madre para agitar el pañuelo,
para agitarlo sin llanto?
(Esto que estoy contando, como no se lo pregunté, son hebras sueltas
rescatadas de cosas que él decía, al pasar.)
Al día siguiente, ganándole al sol, la voz del padre: "Arriba, aquí tienes
esta pala, ¡a cavar!, ¡a meterle!". Las tiernas manos de Andresito pronto se
ampollaron. "Papá, me empezaron a sangrar." "Coño, ¡trabaja y calla!". Las
lágrimas, para la noche, en oscuridad y silencio. Había que juntar dineros para
traer a los lejanos, que unos meses después llegaron.
No conoció escuela, ni en España ni en Argentina. Andresito abrevió la niñez
y la adolescencia y tuvo que hacerse Andrés. Su padre consideraba que eso de los
libros era "cosa de granujas y atorrantes". Cuando ya había cumplido sus 21,
decidió tomar lecciones con un maestro particular de Luján de Cuyo. Esto apenas
si lo contó, pero aquí tengo dos cuadernos de aquella temeridad. Los estoy
tocando. Parecen mentira, están intactos: un poco de gramática, nociones de
contabilidad y algo de caligrafía. Debía estudiar a escondidas, temeroso de las
furias brutales de su padre. Temeroso y respetuoso: "Bueno, el viejo era así",
solía justificar con los ojos mojados. Abro un cuaderno; está forrado con un
papel que fue azul. Leo la primera Lección de las letras: "Alfabeto es el
conjunto de las letras necesarias para expresar los sonidos de una lengua.
Llámase también abecedario" ... "El alfabeto castellano consta de veintinueve
signos o letras" ... "Según el sonido las letras son de dos clases: vocales y
consonantes. Las vocales son cinco. Pueden pronunciarse por sí solas con
claridad y distinción; las consonantes necesitan auxilio de una vocal" ... "la h
no tiene hoy sonido alguno" ... "la u pierde su sonido cuando la precede g o q y
la sigue e o i; pero no lo pierde si lleva encima dos puntitos, como en
cigüeña"...
Sigo hojeando el cuaderno. Toco lo que él tocó. Doblado en cuatro, en papel
de seda, entre las hojas encuentro escrito de puño y letra: "Recibí del Sr.
Andrés Braceli la suma de ocho pesos moneda legal, por lecciones recibidas
durante el mes de diciembre. Luján, diciembre 31 de 1931". No consigo descifrar
la firma. Tal vez alguien de apellido Naoús.
Pero antes, cuando todavía Andrés no había salido de sus 20 años, fue
alcanzado por una enfermedad devastadora que por entonces se nombraba parálisis
infantil. "¡Coño, mañas para no trabajar!", rugía su padre mientras se
desorbitaban sus ojos y enarbolaba un puño convertido en piedra. La mañana en
que ya no pudo tenerse en pie, Andrés fue salvado de una golpiza por su madre y
los vecinos. Siguiendo los extremos consejos de un naturista alemán (barra y
baños de agua helada en invierno) doblegó a la polio. Que sólo le dejó una
pierna muy flaquita pero entusiasta, tan caminadora como la sana. Pronto volvió
al trabajo. Y comenzó con esas lecciones clandestinas, que recibía en horarios
imposibles. Hasta que una siesta lo descubrió la furia del padre: cuadernos y un
par de libros en un solo impulso fueron arrojados al techo. Allí quedarían, a
merced de la intemperie. ¿Ese invierno llovió como nunca? ¿Habrá conseguido
desteñirse el fervor de esas páginas?
Andrés se casó con la Juana Zarategui cuando cumplió los 25. Un día para la
luna de miel en Villavicencio y el lunes ¡a trabajar se ha dicho! Tuvieron tres
hijos: abogado, economista, escritor. Trabajaron sin respiro, sin feriados sin
domingos sin fiestas de guardar, pero soñando a raja cincha: las primeras
vacaciones, a los 70. A todo esto, ¿qué ocurrió con Andrés y su padre? Lo
respetó y jamás permitió que nadie enjuiciara a ese bestial hombrecito que, por
ejemplo, celebró sus 75 años descargando bolsas de cemento de cincuenta kilos,
pero "¡de a dos, coño, una de cada lado de la cintura!"
Andrés fue padre de su padre. Y madre también, cuando lo miraba con ojos
nublados por una ternura que nunca tuvo devolución. "Bueno, bueno, el viejo era
así..."
Papá, vení, vení...
Me dan ganas de decirle en voz alta que vuelva un ratito. Diez, no, veinte
minutos. Lo suficiente como para hacerle las preguntas que siempre dejé para
después.
El acto de escribir nos permite ciertas impunidades. Uno puede abolir la
absurdidad de la muerte, uno puede resucitar a quienes se fueron a respirar de
otra manera. Y como se me antoja que mi padre está, de pronto, aquí, frente a
mí, converso con él, acodado en la misma mesa:
-Yo sé que a los 14 viajaste solo desde quedaron tu madre y dos hermanitos
menores, que ella agitó el pañuelo y no soltó una lágrima, que al llegar al
puerto de Buenos Aires no te esperaba nadie, lo sé, pero contame... contame un
poco más, papá: cuando pisaste esto, la América del puerto de Buenos Aires, ¿era
un día de sol inobjetable, estaba cargado de nubes, llovía manso o con furiosa
furia?, ¿qué fue lo primero que viste con tus ojos todavía niños?, ¿olor a qué
tenía eso que mirabas?, ¿algún pasajero solidario se acercó para acompañarte en
esos primeros trámites de aduana?, ¿qué te dijo el hombre del mostrador cuando
le alcanzaste el pasaporte y te vio solo y solito, sin ninguna mano mayor en el
hombro?
... Esperá, papá, no te vayas: esos días primeros, recién llegado a una
patria desconocida que iba a ser tu patria porque la de tus hijos, ¿qué
soñabas?, ¿con una casa, con una mesa con su pan de cada día y de cada noche?
¿Te animabas a soñar algo más?
... En tu infancia en Alicante nunca habías pisado una escuela; al llegar a
esta orilla del Sur ¿imaginabas, papá, que tampoco aquí podrías ir a una?
Preguntas que no te hice, preguntas que siempre dejé para mañana porque si
eras eterno como sos, nunca te ibas a morir, papá...
Pero no hay caso, necesito seguir: ¿llegaste por la mañana, al mediodía o por
la tarde llegaste? En esas camas superpuestas, camas calientes por el anterior
cuerpo, ¿te tocó la de más abajo o la de más arriba?, ¿con quién comiste?,
¿solo?, ¿cómo te las arreglaste para mandar toda la mudanza en ese tren
lentísimo que atravesaría mil kilómetros de paisaje nuevo...? En tu primera
noche aquí, cuando apagaste la luz, ¿lloraste?, ¿pronunciaste a tu mamá lejana,
a tus dos hermanitos?, ¿tenías frío?, ¿tenías sed?, ¿querías llegar hasta donde
tu padre o regresar hasta donde tu madre? Quiero saber, ¿te desvestiste para
dormir?
... Papá, vení, quedate un ratito más, quiero volver a preguntarte si cuando
llegaste a esta patria tan enorme como el mar hacía frío o hacía calor? Me
parece escucharte: "Hacía mucho frío. Siempre hace frío cuando uno está tan
solo..."
Preguntas que no, que no, que no te hice, preguntas tan pendientes.
Pero ahora dejame decirte algo, papá: me enteré de que cuando en Mendoza ibas
al centro con tu portafolios marrón te la pasabas hablando de tus hijos, que se
habían recibido de esto y de aquello, y que si alguien cometía la imprudencia de
preguntarte por el hijo periodista enseguida abrías el portafolios y sacabas una
copia de su último reportaje. Cuando esto hacías te bajaban las lágrimas, y no
te importaba.
Posdata
Aquel chico que subió a un barco solo de familia, que aprendió las primeras
letras escondiéndose de la furia paterna, era, es, mi papá. Se nos fue en 1986,
pero en algún sitio respira de otra manera. Por estos días, como dije, anda
cumpliendo los 100 años de su edad. Siento ahora que vuelve, que me mira muy
hondo. Escucho su voz en el semblante del aire: "Si un día las cosas te van muy
mal, andá al lavatorio y meté la cabeza debajo del agua y lavate la cara... Si
un día las cosas te van muy bien, andá al lavatorio y meté la cabeza debajo del
agua y lavate la cara..." Lavarse la cara cuando estamos tan arriba que no vemos
el suelo. Lavarse la cara cuando estamos tan hundidos que no vemos la luz. El
agua puede salvarnos.
Necesito compartir algo más: mi papá era candoroso: creía que si uno
estudiaba ya era mejor persona. Tan candoroso que creía que los periodistas, por
ser periodistas, siempre decimos la pura verdad. Sí, bueno como el pan era. Como
el pan que nace de la harina que viene de la espiga alumbrada por el sol.
Cuando él estaba en sus cansancios postreros, viajé a Mendoza a verlo; ya era
octubre, hacía calor, pero él tenía el frío que nunca dejó de tener desde aquel
viaje a los 14 años. "Salgamos un rato a la vereda", le dije. Caminamos unos
metros. Sin palabras me rogó volver; estaba extenuado, se apagaba. Ya en el
hospital, mi timidez esperaba a que se durmiera para deslizarle mis caricias. La
última noche que lo vi, durante horas le pasé la mano por su cabeza de pelo
taaan blanco. Una y otra y otra vez. La mano me quedó untada con harina. Más
bueno que el pan era, es, ese hombre, mi papá.
¿Ven? Harina, entonces, harina para siempre en las palmas de mis manos.
Por Rodolfo Braceli
rbraceli@arnet.com.ar
www.rodolfobraceli.com.ar
Rodolfo Braceli es autor de una veintena de libros, algunos traducidos
al inglés, italiano, francés y polaco; entre ellos, "El último padre"; "Don
Borges, saque su cuchillo porque..."; "De fútbol somos"; "Vincent, te espero
desnuda al final del libro" y el reciente "Perfume de gol".
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